Ser Responsable

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La pesada etiqueta de la exclusión social


La quinta acepción de la Real Academia de la Lengua para “etiqueta” es “calificación estereotipada y simplificadora”. Nunca deja de sorprenderme la RAE con las últimas acepciones que golpean la realidad y no te dejan indiferente. Y te hacen pensar que detrás de quien elabora los propios diccionarios que marcan nuestra forma de expresarnos hay mucha intencionalidad.

Etiqueta: 1. Ceremonial de los estilos, usos y costumbres que se debe guardar en actos públicos solemnes. 2. Ceremonia en la manera de tratarse las personas particulares o en actos de la vida privada, a diferencia de los usos de confianza o familiaridad. 3. marbete (‖ etiqueta que se adhiere a algún objeto). 4. Pieza de papel, cartón u otro material semejante, generalmente rectangular, que se coloca en un objeto o en una mercancía para identificación, valoración, clasificación, etc.

Después de leer estos significados para la palabra “etiqueta” aparece en el diccionario está pequeña y última acepción cargada de sentido, al menos para el tema que hoy me hace reflexionar.

A José Luis se le llenaron los ojos de lágrimas al preguntarle, no sin intención, que significaba para él “la etiqueta”, es decir, esa “clasificación estereotipada y simplificadora” de la exclusión social, que los servicios sociales le han asignado.

A José Luis se le llenaron los ojos de lágrimas, y a mí con él. Es imposible no hacerlo si tienes una mínima capacidad empática y no subes los escudos al ver a un señor de unos 50 años, fuerte, que ha dedicado media vida a la profesión de albañil y la otra media a la recogida de naranja, padre de familia, marido… cómo se derrumba al hacerle esta pregunta.

“Es una etiqueta muy pesada”, me contesta. “Y sientes que te lo mereces”, añade. Lo cual me deja todavía más atónita. “¿Qué te lo mereces por qué, José Luis?” “No sé, por no haber estudiado más, por no estar mejor preparado”.

Por, por, por… sentimiento de culpabilidad es lo que sienten la mayoría de las personas que se encuentran sin empleo, y que tienen grandes dificultades para lograrlo, como José Luis. Personas que viven, como él mismo me cuenta, un infierno, por no poder pagar la luz, por estar a punto de perder su casa, por pensar que no va a poder pagarle la universidad a su hijo Alexander, para que no sienta esa culpa el día de mañana. Hoy es el único objetivo de José Luis y su motivación para conseguir un empleo.

A Alejandro le cambia la cara cuando le hago la misma pregunta. Se mantiene un poco más entero, lo que agradezco, porque estamos pasando ambos un mal rato, mientras se abre y me cuenta su historia sin conocerme de nada. “Sabes, -me explica- un día, poco antes de separarme de mi mujer, en la puerta de una iglesia, había un vagabundo tumbado en un banco, y le dije, no sé si algún día me veré en esa situación”.

“De ninguna manera Alejandro”, le espetó. “Ni se te pase por la cabeza. Tú tienes que salir adelante. Tienes recursos y nos tienes a nosotros”. Pero por desgracia cabe la posibilidad. Lleva ya ocho años sin encontrar un empleo, desde que el boom de la construcción hizo mella en su profesión, la de delineante.

José Luis y Alejandro tienen cosas en común. Ambos son padres. Ambos tienen más de 45 años. Ambos no tienen empleo. Ambos han tenido problemas familiares por ello; a Alejandro la situación le ha llevado a la separación. Jose Luis y su mujer, Mari, luchan contra ello. Ambos sienten una pesada carga, la de la etiqueta de la exclusión social. Una etiqueta que sólo nos sirve al resto para señalarles con el dedo, para buscar similitudes entre personas muy diferentes.

La madre inmigrante sin papeles que lucha sola por sacar adelante a su hija; la muchacha que ha sufrido violencia de género y trata de normalizar su vida; las familias monoparentales; el parado de larga duración; el chaval que las malas influencias le han llevado a un centro y quiere enderezar su vida, o la persona que ha tenido un problema con las drogas y mira hacia adelante. ¿Por qué necesitamos meterlos a todos bajo la misma etiqueta? ¿Por qué necesitamos una calificación estereotipada y simplificadora para vidas tan complejas que sólo tienen en común el deseo de luchar y salir hacia adelante?

Ojalá algún día hablemos solo de dignidad de las personas y el odioso Certificado de Exclusión Social, que hoy emiten los servicios sociales y que organizaciones como la nuestra necesitamos para conseguir una oferta de empleo bonificada en nuestras empresas colaboradoras, no sea más que un certificado de dignidad de las personas. Que las rentas mínimas de inserción sean rentas de ciudadanía, y las ayudas para la exclusión social, proyectos de mejora profesional, reciclado y segundas oportunidades.

Que el lenguaje sea un poco menos hostil. Como la vida misma.

Publicado en Compromiso Empresarial en octubre de 2016

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