Ser Responsable

…Y no morir en el intento


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Códigos Éticos II ¿Se tiene que comunicar un código ético? El exitoso caso de la ONCE


Una vez realizado un Código Ético… ¿Lo tengo que comunicar? Meecccccc. Error. Mal empezamos. Todo el planteamiento desde el inicio es en sí mismo erróneo, y veremos porqué. La naturaleza propia del Código Ético lo pone en evidencia, pero no se asuste, amigo/a empresario/a. Es una duda muy común cuando una empresa u organización se plantea la realización de un Código Ético.

Cómo recogíamos en la primera parte de este artículo, Códigos éticos ¿Proceso o resultado?, un Código Ético además de ser un “documento corporativo que define los valores y las normas morales por las que se debe regir la organización”, es “una declaración de la apuesta ética de la empresa, de su posición ante los grupos de interés y de las obligaciones y compromisos que piensa adquirir”, y por ello es también “un documento escrito que facilita la comunicación de la cultura de la empresa con el objetivo de generar confianza, credibilidad y construir una buena reputación corporativa”.

Desde la propia estructura y concepción del Código Ético es, o mejor dicho, debe ser en sí mismo un proceso participativo y abierto, y cuya comunicación debe cuidarse al máximo desde el principio al final del proceso, haciendo especial hincapié en que los públicos internos estén al día del todo el proceso y lo más importante y complicado, se sientan parte del mismo. De ello va a depender en gran parte el éxito del mismo, porque un Código Ético con el que gran parte de los grupos de interés no se sientan identificados, o como me gusta más decir, no se sientan “inspirados” por el mismo, difícilmente va a ser un Código Ético resultante para la organización.

En este sentido, y porque siempre es más ilustrativo verlo con un  ejemplo, la ONCE ha completado recientemente un proceso completo, complejo y a mi modo de ver bastante satisfactorio de realización de Código Ético para toda la entidad. En primer lugar, ha sido un proceso largo, pausado y meditado que se ha llevado a cabo en diferentes etapas. En enero de 2005 se realizó la primera etapa del Código, empezando por la dirección, la ONCE encargó a la Fundación ÉTNOR la realización de un Código Ético para sus directivos. Era la primera vez que se formulaban los 11 valores de la entidad.

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El retorno de la inversión en responsabilidad social, clave para su avance


Que la ética y la responsabilidad social son al menos convenientes para los intereses de la empresa parece una cuestión de sentido común. El coste de la irresponsabilidad es elevado, y la experiencia nos lo ha demostrado en incontadas ocasiones. Sin embargo, cada vez son más las voces que reclaman una mayor concreción de la rentabilidad de la ética, un avance en la medición del retorno de la inversión en acciones relacionadas con la responsabilidad social en empresas y organizaciones.

Aunque muchos directivos están convencidos del llamado “argumento empresarial” de la RSE, para avanzar en la implantación de las prácticas responsables es necesario poder mostrarlo y demostrarlo. Algo que ayudará a los convencidos a mejorar su gestión y poder rendir cuentas ante sus grupos de interés del impacto no sólo económico, sino también social y medioambiental generado por su actividad, y dará a los no convencidos el argumento necesario para apostar definitivamente por una cultura ética.

Ahora bien, ¿quiere esto decir, como afirman algunos, que “lo que no son cuentas son cuentos” y “lo que no se puede medir no se puede gestionar”? ¿Y es posible cuantificar todo lo relativo al impacto social y medioambiental en las organizaciones? Antes de iniciar un laborioso trabajo de identificación y medición de impacto cualquier empresario o directivo de cualquier organización tendrá que tener muy presente algunas cuestiones fundamentales que afectan a la medición del impacto social:

1. En primer lugar, como decía Machado, que es de necios confundir “valor con precio”. El valor de una empresa es mucho más que su valor económico. Hoy en día existe un concepto de valor combinado en empresas lucrativas que combina valor económico con social y medioambiental, por lo que una medición únicamente del impacto económico es una medición incompleta. “Todas las empresas crean (o destruyen) valor social, pero éste no se refleja en ningún estado contable”, tal y como recoge Hugo Narrilloses su último libro.

2. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que el concepto de responsabilidad es un concepto complejo de difícil concreción en una serie de indicadores que sólo podrán medir parte de la misma.

3. Tercero, que la ética, la cultura de la empresa u organización, se compone de numerosos intangibles y rasgos cualitativos de difícil medición. Algo que, sin embargo, no debería ser un impedimento, ya que algunas cuestiones vitales financieras están también sujetas a esta subjetividad. La crisis actual nos ha demostrado la importancia de la confianza, un intangible, para el buen funcionamiento de la economía financiera. La reputación e incluso el propio “valor” de la marca son intangibles fundamentales para la empresa.

4. Y en cuarto lugar, las prácticas responsables pueden tener impactos no contables pero de vital importancia, aspectos cualitativos que por su dificultad de medición merecen una importante atención. En resumen, conviene tener bien grabada la máxima atribuida a Einstein de que “todo lo que se puede contar no necesariamente cuenta. Y todo lo que cuenta no necesariamente se puede medir.”
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Códigos Éticos I ¿Proceso o resultado?


Según Domingo García Marzá, Director de Proyectos de la Fundación ÉTNOR y Catedrático de Ética Empresarial de la Universitat Jaume I de Castellón, un Código Ético es un “documento corporativo que define los valores y las normas morales por las que se debe regir la organización”, “una declaración de la apuesta ética de la empresa, de su posición ante los grupos de interés y de las obligaciones y compromisos que piensa adquirir”, y por ello es también “un documento escrito que facilita la comunicación de la cultura de la empresa con el objetivo de generar confianza, credibilidad y construir una buena reputación corporativa”.

Partiendo de esta definición, y como bien recoge José Félix Lozano, autor del libro Códigos éticos para el mundo empresarial, y encargado de desarrollar entre otros, los códigos éticos de la ONCE, la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica de Valencia o la Universitat de Lleida, en el que tuve el placer de participar, lo más importante de un Código Ético no es el código en sí, el documento resultante, “sino el proceso”. Y esta afirmación no es fruto sólo del análisis teórico, sino sobre todo de la experiencia práctica.

Esto no es exclusivo de esta herramienta de gestión ética. Todos los procesos que tienen que ver con la mejora de la cultura empresarial son en sí mismos procesos del todo enriquecedores de los que la empresa sale siempre distinta. Pero en concreto la elaboración de un Código Ético tiene que ser un proceso participativo de toda la organización en el que todos los grupos de interés de manera representativa revisan qué es la organización, cual es su papel en ella, y tratan de llegar a un punto en común sobre los valores que rigen y que deberían regir la cultura corporativa, es decir, la manera de ser y de hacer las cosas, su ética. No hay otra forma posible de hacerlo. O al menos no hay otra forma posible de hacerlo si queremos que el resultado genere esa reputación y confianza, esa legitimidad para operar, y sea una apuesta ética de la organización, de toda la organización, y no sólo de la dirección. Aunque por supuesto no todos los grupos de interés tendrán el mismo peso, y ciertas valoraciones son vitales, como pueda ser en una empresa familiar la opinión de los fundadores, no será el Código ético de la organización si no ha sido definido por “la” organización.

¿Todos los códigos éticos se realizan de esta manera? No, no lo creo, pero un código ético que se quiera sirva para algo en la organización debe realizarse de este modo.

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